miércoles, 31 de diciembre de 2008

Por fin se va...

Por fin se va el 2008. Y no lo digo porque haya sido un mal año. Simplemente me encanta cuando un año se acaba y otro da empujones para entrar.

Es curioso el poder que tiene sobre nosotros la llegada del nuevo año. Curioso, sobre todo, porque es un poder inmenso y efímero. Mejor dicho inmensamente enfímero. Todos hacemos propósitos de año nuevo que nunca cumplimos. Muchas veces lo intentamos, pero llegan como mucho a mediados de enero. En ese punto ya los hemos olvidamos y nos encontramos inmersos en la horrible rutina que nos caracteriza.

También me fascinan todos los rituales que seguimos para dar la bienvenida al nuevo año. Que si ropa interior roja, que si hay que comer lentejas, que si hay que brindar con algo de oro en la copa... y un largo e interminable etcétera.

Este año, en mi casa, hemos decidido no hacer absolutamente nada de nada, de nada, de nada. Llevamos muchos años haciendo estos ridículos rituales y jamás han funcionado. Así que se acabaron. Del todo...

Esta vez empezaré el 2009 sin rituales, sin poner el pie derecho primero, sin propósitos de año nuevo... Simplemente seré yo.

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