"Viajar es imprescindible, y la sed de viaje, un síntoma neto de inteligencia"Enrique Jardiel Poncela"Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte"Miguel de Unamuno
Hace una semana a estas horas estaba llegando a Madrid desde Pekín. Y he necesitado más de siete días, más de una semana, para poder escribir de nuevo en el blog. Me he tomado mi tiempo para poner en orden mis ideas. Asumir mi momento, mi viaje, mi partida... y como diría Unamuno, mi huida. Para saber a dónde fui, de dónde partí y cómo volví.
Viajar a china no es como darse una vuelta por cualquier ciudad europea, de esas que nos quedan cerca, o lo que ahora me parece, "a tiro de piedra". Allí todo es diferente, distinto, hay un abismo entre nosotros y cualquier persona con la que te puedas cruzar. Ni siquiera el inglés, idioma que te puede salvar de la "no comunicación" en casi cualquier parte del mundo, aquí puede ayudarte a algo más que a regatear con un reloj en el Mercado de la Seda.
Fuera de las cuatro paredes de los grandes mercados de la imitación, y supongo que de algún hotel de lujo de la capital china, te encuentras totalmente desamparado. Hace poco escuché a alguien decir que cuando viajes a China es como si viajaras a tu más tierna infancia. Te conviertes en un bebé que todavía no ha aprendido sus primeras palabras. Sinceramente no pensé que fuera a ser así. Hasta que planté el pie en el increíble aeropuerto de Beijing, obra de tito Foster, y descubrí que era tan cierto como que el cielo es azul (en Beijing sólo cuando lanzan los pertinentes misiles para asegurarse un cielo cristalino en el desfile de turno...).
Pekín despierta odios y pasiones. En mi caso pasiones más que odios. No me suelo permitir el lujo de juzgar civilizaciones de siglos de antigüedad, sobre todo cuando mis conociemientos de su historia son bastante deplorables. Tengo que admitirlo. Y también, porque la mayoría de nuestros prejuicios se alimentan del desconocimiento.
Tengo que admitir que hay momentos que te sacan de tus casillas. Escupen constantemente, empujan, pisan, son conservadores hasta la médula, se bloquean cuando intentas comunicarte con ellos... y un sinfín de cosas que los occidentales de "familia bien" encontramos profundamente desagradables. Cosas que nos hace llamarles guarros y estúpidos simplemente porque no les entendemos, porque las barreras culturales son demasiado altas incluso para los que no hemos dejado de estudiar pasada la treintena...
Pero también hacen cosas increíblemente hospitalarias. Si estás perdido, te llevan hasta tu destino. No se conforman en intentar decirte como llegar, quizás, porque saben a ciencia cierta que no llegarás... Te consideran casi un ser superior sólo por no tener los ojos rasgados, te sonríen como si de una extraña pieza se tratase, los niños te tiran de la manga fruto de su curiosidad... y todo ello embutido en una cordialidad silenciosa, salida de una especie de antiguo ritual.
No dudo que Pekín seguirá creciendo hasta que ya no pueda más. Hasta que la propia ciudad implosione en sí misma... Quizás vuelva en unos años, para darme cuenta de que no reconozco nada. Que nunca estuve allí, que todo fue un dulce sueño entre nenúfares, flores, farolillos y dragones. Que Pekín sólo es Pekín en el instante en que lo miras. Un segundo más allá, ya no lo es. Ya es otra cosa...
Y tu tampoco eres igual, nunca más...
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