miércoles, 30 de julio de 2008

Plof...

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Hoy le toca al día triste...

Ayer vino a visitarme al curro alguien a quien no veía desde hace unos 15 años. Él se había enterado que yo andaba haciendo prácticas una planta más abajo y vino a buscarme. La verdad es que no me acordaba de él, hasta que me metió en materia...

Soy el marido de Elisa, veraneamos juntos hace muchos años, en Sierra Nevada... Y todo se volvió claro, cristalino. Es el tío de mi mejor amiga, y con ella y su familia pasé algunas vacaciones en un lugar increíble. Una casa de piedra, destartalada, en medio del paraíso. Y con un puñado de seminaristas como vecinos. Como he dicho, el paraíso...

Y pasamos noches maravillosas, bajo las estrellas, mientras Andrés intentaba que viéramos las constelaciones. O jugando a las cartas hasta que ya no podíamos más, porque, aunque luchábamos por robarle horas al reloj, el sueño acababa por vencernos.

Y digo triste porque fueron años tristes, o al menos para mí. Demasiados años tristes sobre mis hombros. Y aunque la pena ya me abandonó, la tristeza me visita de manera regular. Como los trenes cuando son puntuales, la espero. Y como a los trenes, también la veo partir.
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