Estaba leyendo el blog de Amor inalámbrico, que hoy hablaba del dolor, y no he podido evitar reflexionar sobre ello...
Nuestro amigo el dolor, nuestro compañero el dolor. El dolor, el dolor, el dolor... Se supone que se aprende del dolor, y que debemos aprender del dolor. Pero muchas veces, lejos de aprender de las experiencias dolorosas, nos hieren. Y nos hieren tanto, que no podemos más que cabrearnos con Dios, con el mundo, con el destino y por supuesto, con nuestro vecino. Y cómo evitar algo así. Quién lo sabe...
Creo que el hombre no está hecho para sufrir. Aunque tampoco creo que esté hecho para ser feliz. Simplemente está hecho para vivir lo mejor que puede. Con sus buenos y sus malos momentos. Hay quien lo hace bien, y hay quien lo hace fatal. Y lejos de aprender del sufrimiento, la mayoría nos volvemos desconfiados, cobardes e inseguros.
Cuando nos pasa algo realmente malo, algo realmente horrible, nunca nos sentimos merecedores de tamaño castigo. Siempre nos preguntamos por qué no le ocurrió la desgracia al vecino, en vez de a nosotros, que somos tan buenas personas y tan buenos cristianos. Y creo que es en este punto donde nos perdemos y donde no somos capaces de aprender del dolor, y de volver a nuestro camino. El punto en el que no entendemos ese... "por qué a mi".
Y es ese"por qué a mi", que simplemente es un hecho, algo que no podemos cambiar, y algo que seguramente no merecemos, lo que nos castiga el alma. En vez de ser conscientes de que la madre tierra no tiene nada contra nosotros, que no nos odia, que no quiere que "pagemos" nuestros pecados. Simplemente estábamos en el lugar equivocado y en el momento equivocado. Y lo único que no nos destrozará la vida, y el futuro, es tener esto muy claro.
Yo he tenido momentos malos, malísimos y realmente terribles. Y en todos ellos he sentido ese "por qué a mi". Y en alguno que otro he tardado muchos, muchísimos años, en sentir que realmente no merecía nada de aquello. Pero simplemente gané el sorteo, y no fue precisamente una lotería. Y hasta que asumí que no lo merecía, y que no era la culpable de mi propia desgracia, no puede volver a ser "feliz".
Aunque de nada me arrepiento. Y nada quiero cambiar. Porque, a fin de cuentas, ¿quién sería yo ahora mismo de no ser por mis pesadillas?. Al igual que por mis sueños. Todo forma parte de lo mismo, y con todo ello debemos vivir, y disfrutar de cada momento. Simplemente hay que quedarse con lo bueno y guardar en un cajón, que no olvidar, todo lo que nos atenaza el corazón.
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