Hace un par de días conocí a Adriana, una niña de unos tres años, que como todos los niños, siempre se acercan a mí... Aquello de "dejar que los niños se acerquen a mí" en mi caso es totalmente xxxx. Para que los niños no se acerquen a mí, habría que disponer de unos cuantas cabezas nucleares alineadas directamente a sus pequeñas e inocentes cabecitas.
El hecho que nos ocupa es el siguiente. A pesar de que Adriana es una niña que apenas sobrepasa el metro diez, me hizo pensar... Y mucho... Y por ello, hay que reconocerle un gran mérito. Últimamente ni el adulto más avispado me hace poner mis neuronas "a pleno rendimiento".
El caso es que yo estaba en el jardín leyendo un interminable libro. Y veía a esta niña como se iba acercando poco a poco... Como hacen los niños cuando intentan investigar algún bicho raro, creyendo que, si andan lo suficiente despacio el bicho nunca se dará cuenta de su existencia.
Como yo no soy un "bicho raro", o por lo menos eso creo, con la velocidad del rayo me di cuenta de que un pequeño humanoide se acercada por mi derecha. El pequeño humanoide, todavía no conocía su nombre, se acercó todo lo que su valor le permitía, y se me quedó mirando mucho tiempo. Para desconcertara, me di la vuelta y la miré a sus pequeños ojos, y la pregunté cómo se llamaba. Ella me lo dijo, y me preguntó quién era yo. Le dije, quién crees que soy.
A esto que se quedó mirándome con una cara increíblemente desconcertada y no se atrevía a decir nada. La verdad es que no tengo ni idea de quien creería que soy, y casi prefiero no saberlo, pero cuando rompió el silencio, si no fuera porque no quería asustarla, me hubiera muerto de la risa... Me volvió mirar, todavía más profundamente, como si quisiera sacarme la información a fuerza de ondas telepáticas y dijo:
"Pero tu eres una niña o no?". Me dejó totalmente anonadada... Aunque por dentro me moría de risa, por fuera la dije "bueno, yo soy una niña grande". Y creo que eso la tranquilizó bastante, porque a los pocos minutos ya habíamos entablado una profunda conversación de niña a niña grande.
Me preguntó si la diadema que llevaba me la había puesto mi mamá. Yo, por supuesto, le dije que sí. Pues no quería que quedara al descubierto la gran mentira... También me preguntó si iba al mismo cole que ella. Ahí casi me descubre, pero mi "conocida por todos" velocidad mental, me volvió a ayudar a salir del atolladero.
Aparte de la felicidad que le da a uno que le "quiten" 25 años, este acontecimiento me dio bastante que pensar. Creo que en el fondo nada de aquello fue una mentira. Sigo siendo un niña grande. Lo soy, y sin lugar a dudas lo seguiré siendo siempre. El síndrome de Peter Pan nació para dar nombre a mi "extraña", o por lo menos para muchos lo es, forma de ser...
Aún así, ¡¡Viva Peter Pan!!!!
No hay comentarios:
Publicar un comentario