Qué curioso cómo se nos olvidan las cosas que nos han hecho daño. Con el paso de los años, el dolor se recuerda distinto, menos amargo, más blando, más nuestro, como un recuerdo de la infancia. El tiempo les otorga un cierto estatus de herida de guerra que nos hace más grandes, mejores. Cierras los ojos, y piensas en aquel momento, en el que dijiste nunca más, nunca más volveré a tener x, o volveré a hacer y, o volveré a…
Y nunca más volveré a tener a tener un perro, es algo que dije hace ya muchos años. Porque el último que tuvimos murió en mis brazos, y su mirada es algo que no olvidaré nunca. El veterinario dijo que había que sacrificarlo, que estaba sufriendo mucho, y resultó que nadie podía estar en casa, así que estuve yo. Y mira que no me acostumbro. Por esta casa han pasado muchos perros, y los quieres, y mueren, y vienen otros, pero aquella vez fue demasiado para mí. Lo abracé en mis brazos, le miré a los ojos y esperamos. Y esperamos. Y Pablo, el veterinario, y yo, lloramos como sendas magdalenas…
Ver morir es algo que te transforma, es algo que pasa a formar parte de ti para siempre. Más por desgracia que por suerte, he visto morir a varias personas, y es algo que no olvidas. Se te graba en el alma, se te mete y se te mete y por muchos años que hayan pasado, ahí está siempre. Y siempre vuelve, y lo recuerdas cada día, en algún momento, como si fuera un suave brisa que entra por la ventana y te produce un escalofrío que te recorre todo el cuerpo. Pero para eso está el tiempo, para que recordemos cada vez con más amor y menos miedo.
Pero ahora, quizás, volvamos a tener un perrito…
Hace diez años que sacrificamos a mi perrita, pero nosotros lo hicimos en el veterinario. Mis padres y yo acariciandola y abrazados hasta que se quedó dormida. Han pasado diez años y no soy capaz de olvidar su mirada.
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