jueves, 6 de noviembre de 2008

El fiambre más oportuno

El pasado lunes comencé un master. Es una de esas cosas que hago yo “de repente”. Ya sabéis que no me puedo aburrir. Y todavía menos, estar sin hacer nada. Así que busqué y busqué… y decidí. Ahora que sigo haciendo prácticas y, por consiguiente, currando 6 horas, puedo permitirme “matarme” a estudiar. No es que “matarme” a… nada, sea algo que me atraiga…

Pero así soy yo de insustancial. Y como ser insustancial que se precie, no pienso. O pienso poco. Salgo de casa a las nueve de la mañana y vuelvo a las once de al noche. Así que pienso poco. Por lo menos entre semana. Normalmente los fines de semana, para la gente “con sustancia” corresponden al tiempo de ocio. Para mí, a partir de ahora, serán los “tiempos de pensar”.

A lo que iba. Ayer, en el master, tocó clase de algo parecido a la jurisdicción en el mercado. O similar… Y al comienzo de la clase pensé que menudo coñazo. Para ser más exacta pensé “pero quién coño me mandó meterme aquí”, cosa que me ocurre bastante a menudo.

Y lo sorprendente es que fue la clase más interesante. Esto no dice mucho, porque era la tercera clase. Pero creerme, fue muy interesante. Incluso divertida… aunque no voy a insistir en esto por aquello de no fomentar más mi frikismo.

La profesora, una mujer de unos cincuenta años, bastante atractiva, y con esos ojos brillantes que “enganchan” a la gente, nos contó una anécdota que en el mismo momento de escucharla se me grabó en el cerebro para escribir un relato, o cuento, o novela… algún día.

La contrataron para demandar al tanatorio de la M-30 por cobrar precios distintos por los mismos servicios en función de si la funeraria era privada o pública. En este punto yo ya me estaba imaginando el ingrediente de humor negro que tendría mi novela.

Contó toda la historia de manera bastante humorística, pero lo que definitivamente me “enganchó” a esta historia, fue que para poder demandar al tanatorio, necesitaban a un muerto que la palmara en un momento que le viniera bien a ella y al notario. Además de tener que convencer a la familia para semejante “sinsentido”.

Me imaginé a la abagado, al notario, al fiambre, a la familia… todos allí reunidos a las puertas del Tribunal Supremo. Por supuesto que el fiambre estaría en su debida caja, por aquello de no influir en la futura decisión del juez, y de no herir la sensibilidad de los presentes.

Y otra cosa, puede sonar muy mal eso de que tuvieran que esperar a un fiambre que la palmara en el momento preciso. Pero bueno, ese muerto tendrá siempre el privilegio de ser el que consiguió acabar con las prácticas ilícitas del tanatorio de la M-30. ¿Quien no quiere ser protagonista de semejante orgullo?????

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